
Índice de contenidos
- Más del 83% de la población española confía más en quienes generan conocimiento científico que en quienes lo gestionan o difunden, según el informe Desinformación científica en España 2026. Sin embargo, esa confianza no basta para frenar los bulos: nutrición, bienestar, cambio climático, tratamientos médicos e inteligencia artificial son ya algunos de los grandes terrenos de la desinformación cotidiana. La buena noticia es que la ciudadanía española sigue confiando en la ciencia. La menos buena es que esa confianza convive con un ecosistema informativo cada vez más rápido, emocional y difícil de verificar.
- El caso Barbacid: cuando una esperanza científica se convierte en expectativa prematura
- De los bulos sobre vacunas a los bulos sobre bienestar, nutrición e IA
- La inteligencia artificial: útil, pero también fuente de nuevos riesgos
- El factor emocional: cuando algo nos indigna, lo compartimos más
- España confía mucho en sus científicos, pero eso no evita el populismo científico
- Qué podemos hacer antes de compartir un contenido de salud
- La confianza hay que cuidarla
Más del 83% de la población española confía más en quienes generan conocimiento científico que en quienes lo gestionan o difunden, según el informe Desinformación científica en España 2026. Sin embargo, esa confianza no basta para frenar los bulos: nutrición, bienestar, cambio climático, tratamientos médicos e inteligencia artificial son ya algunos de los grandes terrenos de la desinformación cotidiana. La buena noticia es que la ciudadanía española sigue confiando en la ciencia. La menos buena es que esa confianza convive con un ecosistema informativo cada vez más rápido, emocional y difícil de verificar.
El 83% de los españoles confía más en quienes generan conocimiento científico que en quienes lo gestionan y comunican, según el informe Desinformación científica en España 2026, elaborado por FECYT en el marco del proyecto IBERIFIER Plus. El informe confirma una paradoja clave: profesionales sanitarios, sociedades científicas e investigadores son las fuentes que mayor confianza despiertan, pero los canales por los que circula la información —redes sociales, plataformas de vídeo, mensajería privada o inteligencia artificial— facilitan que los bulos lleguen con apariencia de consejo útil, noticia razonable o recomendación personal.
La confianza en la ciencia es alta, pero no es una vacuna contra los bulos
La Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología 2024 de FECYT ya mostraba que la ciudadanía española mantiene un alto grado de confianza en la investigación científica: tres de cada cuatro personas declaraban confiar en alguna medida en la investigación y el 85,9% consideraba que el personal científico es experto en su campo. Sin embargo, el mismo estudio señalaba una brecha relevante: solo el 36,3% cree que los científicos informan adecuadamente sobre los resultados de su trabajo. Es decir, confiamos en quienes investigan, pero seguimos teniendo dificultades para acceder a una información científica clara, comprensible y adaptada a la vida cotidiana. Esa distancia es precisamente el espacio que aprovechan los bulos.
De los bulos sobre vacunas a los bulos sobre bienestar, nutrición e IA
Durante la pandemia, la desinformación científica se concentró en gran medida en la COVID-19, las vacunas y los tratamientos milagro. Ahora, según el informe de FECYT, los mensajes falsos que más declara recibir la población se relacionan con la nutrición y el bienestar, el cambio climático, los tratamientos médicos y las vacunas. No es casualidad. La alimentación y el bienestar son terrenos especialmente sensibles: apelan al miedo, al deseo de control, a la promesa de mejorar rápido y a la experiencia personal. Por eso, desde el Instituto #SaludsinBulos llevamos años advirtiendo de la fuerza de la desinformación nutricional, con iniciativas como la Guía de los Bulos en Alimentación. Los bulos más eficaces rara vez se presentan como una mentira evidente. Suelen llegar como “lo que a mí me funcionó”, “lo que no te cuentan”, “lo natural que cura” o “el alimento que deberías eliminar ya”. Y esa apariencia de consejo cercano puede hacerlos más persuasivos que una noticia falsa claramente exagerada.
La inteligencia artificial: útil, pero también fuente de nuevos riesgos
El nuevo informe de FECYT también alerta del papel de la inteligencia artificial. Aunque muchas personas desconfían de ella como canal de información, casi un tercio de la población la utiliza semanalmente para informarse sobre ciencia, salud o medioambiente. Esto plantea un reto enorme: la IA puede ayudar a ordenar información, resumir contenidos y mejorar el acceso al conocimiento, pero también puede generar respuestas convincentes que no estén verificadas, mezclar datos ciertos con errores o reforzar sesgos. En #SaludsinBulos ya advertimos de que la inteligencia artificial multiplica los riesgos de desinformación en salud cuando produce textos, imágenes, audios o vídeos con apariencia de realidad. La clave no es rechazar la tecnología, sino aprender a usarla con criterio: pedir fuentes, contrastar con organismos fiables y no tomar una respuesta automática como equivalente a una recomendación médica.
El factor emocional: cuando algo nos indigna, lo compartimos más
Uno de los hallazgos más importantes del informe es el papel de las emociones. Cuando un contenido desinformador provoca una reacción emocional intensa, aumenta la intención de compartirlo y disminuye la de verificarlo.
Este resultado coincide con estudios recientes sobre desinformación. Una investigación publicada en Science, comentada por el Science Media Centre España, concluía que la información errónea que provoca indignación moral tiene más facilidad para difundirse en redes sociales. Por eso, antes de compartir un contenido sobre salud conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿lo comparto porque está bien demostrado o porque me ha enfadado, asustado o sorprendido?
Esa pausa puede marcar la diferencia.
El caso Barbacid: cuando una esperanza científica se convierte en expectativa prematura
Un ejemplo reciente de los riesgos de comunicar ciencia sin suficiente contexto es el llamado caso Barbacid. Como explicamos en COM Salud en el artículo “Comunicar en salud: 8 lecciones del caso Barbacid y el cáncer de páncreas”, el estudio liderado por Mariano Barbacid sobre una terapia experimental contra el cáncer de páncreas en ratones fue presentado en algunos espacios mediáticos y redes sociales con mensajes que podían hacer pensar que estábamos cerca de una cura disponible para pacientes.
El problema no era que la investigación no fuera relevante. Al contrario: un resultado prometedor en cáncer de páncreas merece atención informativa. El problema aparece cuando no se explica con claridad que se trata de un estudio preclínico, realizado en modelos animales, y que todavía falta demostrar si esa estrategia puede ser segura y eficaz en humanos.
Además, el caso puso sobre la mesa otro elemento clave en comunicación científica: la transparencia sobre los conflictos de interés. La revista PNAS retiró el estudio al detectar un conflicto de interés económico no declarado relacionado con la empresa Vega Oncotargets, de la que Barbacid era accionista. Posteriormente, el investigador anunció su desvinculación de la compañía y de las solicitudes de patente vinculadas.
Este episodio resume muchas de las lecciones que plantea la desinformación científica: no todo bulo nace de una mentira deliberada. A veces nace de un titular excesivo, de una omisión relevante, de una promesa prematura o de una falta de contexto.
En salud, especialmente en cáncer, la esperanza debe comunicarse, pero nunca convertirse en una promesa clínica que la evidencia todavía no sostiene. Por eso, una de las reglas básicas frente a los bulos de salud es distinguir entre tres niveles muy diferentes: un hallazgo en laboratorio, un resultado en animales y un tratamiento probado en pacientes. Confundir esos planos no solo deteriora la confianza en la ciencia; también puede generar falsas expectativas en personas enfermas y sus familias.
De los bulos sobre vacunas a los bulos sobre bienestar, nutrición e IA
Durante la pandemia, la desinformación científica se concentró en gran medida en la COVID-19, las vacunas y los tratamientos milagro. Ahora, según el informe de FECYT, los mensajes falsos que más declara recibir la población se relacionan con la nutrición y el bienestar, el cambio climático, los tratamientos médicos y las vacunas.
No es casualidad. La alimentación y el bienestar son terrenos especialmente sensibles: apelan al miedo, al deseo de control, a la promesa de mejorar rápido y a la experiencia personal. Por eso, desde el Instituto #SaludsinBulos llevamos años advirtiendo de la fuerza de la desinformación nutricional, con iniciativas como la Guía de los Bulos en Alimentación.
Los bulos más eficaces rara vez se presentan como una mentira evidente. Suelen llegar como “lo que a mí me funcionó”, “lo que no te cuentan”, “lo natural que cura” o “el alimento que deberías eliminar ya”. Y esa apariencia de consejo cercano puede hacerlos más persuasivos que una noticia falsa claramente exagerada.
La inteligencia artificial: útil, pero también fuente de nuevos riesgos
El nuevo informe de FECYT también alerta del papel de la inteligencia artificial. Aunque muchas personas desconfían de ella como canal de información, casi un tercio de la población la utiliza semanalmente para informarse sobre ciencia, salud o medioambiente. Esto plantea un reto enorme: la IA puede ayudar a ordenar información, resumir contenidos y mejorar el acceso al conocimiento, pero también puede generar respuestas convincentes que no estén verificadas, mezclar datos ciertos con errores o reforzar sesgos. En #SaludsinBulos ya advertimos de que la inteligencia artificial multiplica los riesgos de desinformación en salud cuando produce textos, imágenes, audios o vídeos con apariencia de realidad.
La clave no es rechazar la tecnología, sino aprender a usarla con criterio: pedir fuentes, contrastar con organismos fiables y no tomar una respuesta automática como equivalente a una recomendación médica.
El factor emocional: cuando algo nos indigna, lo compartimos más
Uno de los hallazgos más importantes del informe es el papel de las emociones. Cuando un contenido desinformador provoca una reacción emocional intensa, aumenta la intención de compartirlo y disminuye la de verificarlo. Este resultado coincide con estudios recientes sobre desinformación. Una investigación publicada en Science, comentada por el Science Media Centre España, concluía que la información errónea que provoca indignación moral tiene más facilidad para difundirse en redes sociales.
Por eso, antes de compartir un contenido sobre salud conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿lo comparto porque está bien demostrado o porque me ha enfadado, asustado o sorprendido?
Esa pausa puede marcar la diferencia.
España confía mucho en sus científicos, pero eso no evita el populismo científico
Un estudio internacional publicado en Nature Human Behaviour y comentado por SMC España situó a España entre los países con mayor confianza en los científicos dentro de una encuesta realizada en 68 países. Pero la confianza general no impide que una parte de la población adopte actitudes de populismo científico: preferir el “sentido común” frente a la evidencia, sospechar de los expertos por sistema o creer que la ciencia está siempre al servicio de intereses ocultos. El problema es que la experiencia personal puede ser valiosa, pero no sustituye a la evidencia científica. Que a una persona le haya funcionado una dieta, un suplemento o una terapia no significa que sea eficaz, segura ni recomendable para el conjunto de la población.
Qué podemos hacer antes de compartir un contenido de salud
Desde #SaludsinBulos recomendamos aplicar una pausa de verificación antes de reenviar cualquier mensaje sanitario, especialmente si promete curas rápidas, genera miedo o invita a desconfiar de médicos, vacunas, medicamentos o instituciones científicas.
Antes de compartir, conviene revisar:
- Quién lo firma. No es lo mismo una sociedad científica, un profesional sanitario identificado o una institución pública que una cuenta anónima o un vídeo sin fuentes.
- Qué fuentes aporta. Un contenido fiable debe enlazar a estudios, guías clínicas, organismos sanitarios o documentos verificables.
- Qué lenguaje utiliza. Desconfía de mensajes con fórmulas como “lo que no quieren que sepas”, “cura definitiva”, “sin efectos secundarios” o “la verdad que ocultan”.
- Si pide reenviar. Los bulos suelen presionar para compartir rápido. La información sanitaria fiable no necesita urgencia emocional para circular.
- Si coincide con fuentes fiables. Puedes consultar organismos oficiales, sociedades científicas, profesionales sanitarios o iniciativas de verificación como #SaludsinBulos.
- Si afecta a una decisión médica. Nunca suspendas un tratamiento, cambies una dosis o sustituyas una recomendación profesional por un vídeo, una cadena de WhatsApp o una respuesta de IA.
La confianza hay que cuidarla
Que la ciudadanía confíe en científicos y profesionales sanitarios es una gran noticia. Pero esa confianza no debe darse por garantizada. Hay que alimentarla con transparencia, comunicación clara, presencia en los canales donde está la población y una respuesta rápida ante los bulos. La desinformación en salud no solo confunde: puede retrasar diagnósticos, fomentar el abandono de tratamientos, aumentar el miedo y deteriorar la relación entre pacientes y profesionales. Por eso, desde el Instituto #SaludsinBulos seguimos trabajando para detectar bulos, conectar expertos, impulsar educación sanitaria y promover información verificada en redes, medios y conversaciones públicas.
Si detectas un contenido sospechoso sobre salud, no lo compartas “por si acaso”. Contrástalo. Y, si puede afectar a otras personas, envíalo a iniciativas de verificación o consulta con un profesional sanitario.
La mejor defensa frente a los bulos no es desconfiar de todo, sino aprender a confiar mejor.
