¿Entrañan algún riesgo para la salud los escáneres de rayos X de los aeropuertos?
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Un nuevo estudio elaborado por científicos independientes y promovido por la Asociación Americana de Físicos en Medicina establece que cualquier persona recibe más radiación natural por el mero hecho de permanecer aguardando la cola para someterse al análisis del escáner que durante el tiempo en que se realiza el “cacheo”. De hecho, un viajero debería pasar una media de 22.500 veces al año por un escáner de aeropuerto para alcanzar la dosis máxima considerada saludable.

Por lo general, en los aeropuertos de todo el mundo se utilizan dos tipos de escáneres: los que emplean ondas milimétricas y los denominados escáneres de retrodispersión. Los primeros emiten unas ondas de radio milimétricas, comparables a las de los teléfonos móviles y en ningún caso se trata de rayos X. En cambio, los de retrodispersión (que fueron polémicos cuando comenzaron a utilizarse porque permiten visualizar la silueta desnuda de la persona analizada) sí emplean rayos X, aunque de muy baja intensidad.

Los escáneres de onda milimétrica son fácilmente reconocibles, porque se trata de una cabina en la que los pasajeros se introducen con los brazos alzados. Los de retrodispersión consisten en dos grandes cajas entre las que se dispone el viajero. Estos escáneres emiten un haz estrecho de rayos X que efectúa un barrido, pero la intensidad es mucho menor que la de los aparatos de rayos X de transmisión, que se utilizan para realizar las radiografías médicas. Los rayos X médicos tienen intensidad suficiente como para atravesar el cuerpo del paciente, pero los de los escáneres de retrodispersión terminan en su práctica totalidad “rebotando” en el cuerpo del viajero. Eso sí, algunos pueden atravesar la piel. Pero ¿cuál es la radiación que recibimos cada vez que nos sometemos a esa prueba de seguridad en un aeropuerto?

Dosis de radiación

Las conclusiones señalan que la dosis de radiación recibida por un viajero en un escáner de retrodispersión es equivalente a la que cualquiera de nosotros recibe cada 1,8 minutos cuando está al aire libre, o cada doce segundos si va volando en el interior de un avión. Esto es, incide más radiación en nosotros mientras aguardamos en la cola para someternos al escáner en un aeropuerto que la recibida cuando se realiza la prueba.

Lo cierto es que todos estamos sometidos a radiación de forma natural. Ésta proviene de fuentes terrestres, como el radón que se encuentra en el aire, o la radiación cósmica que proviene del espacio. Incluso, nuestro cuerpo puede ser fuente de radiación originada por el proceso de desintegración del potasio. A mayor altitud, mayor será la radiación recibida, ya que la atmósfera nos protege menos de la radiación cósmica.

Así, el estudio constata que los tripulantes de un avión reciben en tres horas de vuelo mil veces más radiación que en el escáner previo a subirse a la aeronave. Y, desde luego, la intensidad de esa radiación es mucho menor que la necesaria para pruebas médicas. Aproximadamente, la exposición a la que nos sometemos durante una radiografía de tórax equivale a la de unos 1.500 escáneres de retrodispersión. Ni el más ocupado hombre de negocios ni el viajero más inquieto alcanzarían esa dosis en un año.

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